Hubo otra casa en la calle Alberdi, cerca de Primera Junta.Yo la conocí cuando Ferrari se mudaba a Donato Alvarez. Fuimos con Julio Racciopi para ayudarlo. Un patio pequeño y tres cuartos a su alrededor conformaban la vivienda. El patio estaba lleno de cuadros de todos los tamaños apilados y atados de a grupos como para transportarlos. A mi pregunta respondió: - " No. Están así desde que empecé a mudarme, imagínese la de veces que fueron " -. No había forma de ver algo, las caras pintadas estaban enfrentadas. Adentro de cajas y cajones había colocado sus blocks de bocetos y dibujos, eran muchos, muchísimos, pero les pasaban hilos por los cuatro costados y la posibilidad de hurgar, también era nula. Este panorama echaba por tierra mi expectativa de creerme un privilegiado que iba a conocer su obra. Todo seguía igual; era el artista que más admiraba y no le conocía un solo trabajo.
En uno de los cuartos había más cajones, pero con libros. -"Atenti que acá está Egipto"- señalaba pidiendo un cuidado especial. Se fastidió con otro lleno de suplementos ya amarillentos: - " Al final uno cree que va a poder leer todo lo que quiere, pero digamé: ¿cuándo, cuándo lo voy hacer? -; eran los culturales de La Nación. Igualmente fueron de la partida. En un momento se apareció con bastidores: - "¡ Esto ya no se hace más ! " dijo mostrando una madera gruesa y de calidad; -" los hacía Leidi, y si uno compraba varios se lo alcanzaban a su casa. Otro tiempo. " -. Después, tomó dos rollos de tela alguna vez pintados donde muy poco podía distinguirse; tal vez raspados, producto de su severa autocrítica: - " Esto es lino de primera. Por supuesto en algún momento yo los iba a lavar. Se remueve con agua y lavandina. " dijo, mirándonos al tiempo que nos regalaba los lienzos y bastidores. No me lo esperaba y me sentí honrado, pero un escalofrío de responsabilidad corrió por mi cuerpo. Debía seguir pintando y con dignidad.
En otro momento se me acerca y me dice: - " Ve, acá vi a la rata. " - como si me hablase de una historia que yo ya conocía; el cuarto estaba vacío y con olor a humedad, miré y le pregunté: ¿qué rata?, - " Una rata, la vi pasar por el patio y se metió acá adentro. Cuando me acerco veo que tenía una capita. La rata se dió vuelta y me miró a los ojos, tenía una mirada fuerte y luminosa. Me quedé paralizado y se fue. Por mucho tiempo no pude dormir pensando en esa imagen, luego me enteré que era una manifestación de Satanás " -. No supe qué decir, pero me di cuenta que no bromeaba, tampoco hizo ninguna de sus interpretaciones, él también se quedó en silencio. La casa oscura, de paredes descascaradas y húmedas comenzó a resultarme incómoda.
Los muebles eran pocos y todo entró sin mucha dificultad en la camioneta grande. Tenía ganas de instalarse en la casa nueva, pero antes quería hacerle una "limpieza" como se hace en el Norte. Nunca supe hasta qué punto, Pipo, creía en el mundo esotérico. Pero lo irracional en él, era parte de lo cotidiano al igual que su espontánea generosidad.

Tiempo después, por fin, sí pude ver una pintura suya; era un cuadro grande, donde un motociclista, enfundado en su campera y casco daba una carrera descontrolada, persiguiendo polillas de todos los tamaños y colores.




 
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"Una Mudanza", Francisco Freixas